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viernes, 30 de agosto de 2013

el jornal de mis ojos

 Ella está sentada en un escaloncito después del sexo: blanca, desnuda y ausente. Especialmente acalorada, se recoge el pelo en un moño sucinto para después sacar un abanico. Lo despereza con su mano derecha y comienza a volarlo. Se refresca con bocanadas de aire, moviendo la cabeza lentamente de lado a lado, estirando su cuello delgadísimo, con los ojos cerrados y el mentón alzado. La cara, los hombros, el pecho. Maneja ese artilugio centenario del mismo modo que una rusa el mortal con doble tirabuzón. Recuperada, vuelve al mundo, mira hacia abajo y sonríe distraída. Su boca tímida, agazapada en unos labios finos, y separada por surcos graciosos de dos mofletes como albaricoques, aparece y desaparece intermitentemente, transportada entre aleteos sucesivos del abanico.

Ella es, en ese instante, el tope que puede ofrecérsele a un hombre en un día para darse por satisfecho. La vuelta a casa del temporero fronterizo. El jornal de mis ojos.
Y ese abanico prosigue su batida haciendo el amor con la penumbra, con ella y conmigo, y con lo que debe de ser vida destilada a un momento.

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El 29 de diciembre de 2012 alguien dejó un comentario anónimo en una de mis primeras entradas pero quedó sin respuesta. Tarde, pero está contestado.

sábado, 8 de diciembre de 2012

charol negro

Despierto catabólico;

pero después
y en todo, me atienden
-densos-
tus ojos de charol negro.


martes, 1 de mayo de 2012

la moqueta


El pasillo era interminable. Lo había recorrido cientos de veces y nunca había sido tan largo. Parecía que anduviera en una cinta estática o que los órganos le pesaran más de lo normal sabiendo que él caminaba tan solo unos pasos por detrás. Así le dio por repasar todas las manchas de la moqueta: había rodales de vino y de chocolate (o eso quería pensar) y también cantidad de restos de ceniza, por todos lados. Pensó que debería limpiarla pero, ¿cómo se limpiaba una moqueta?

Por fin alcanzó la puerta del salón y esperó a que él pasara primero y se sentara. Entró y colocó sus ojos enrojecidos y su juventud extenuada encima de la mesa del comedor, al lado puso una grabadora de voz. Encendió un cigarrillo mientras apoyaba con lasitud los pocos kilos que le quedaban en el marco de la puerta.

- Eres un hijo de puta, pero eso ya lo sabes. Lo cierto es que sabes tantas cosas. Ese ostracismo intelectual te envuelve como la piel al fruto aún verde. Bien apretada y tersa, infranqueable sin cuchillo. Eres inmaduro, verde, ácido, bien apretado y bien envuelto; pero tan peligroso cuando decides perforar tu piel escamada para derramar algo de tu zumo en mi vida, cuando decides bajar a mi realidad con esa sonrisa que muerde y enloquece mis relojes. Tú y tu maldito zumo de estrella agonizante que en su último suspiro, se empequeñece y se concentra, como deseando no explotar tan alto en mis oídos, sino controladamente. Cuando decides desahogarte en mis oídos… - hizo ademán de acercar el cigarro a su boca entreabierta pero se detuvo en seco y tiró la ceniza a la moqueta-. Yo en cambio, no sé casi nada. ¿Y de ti? Bueno, si te dejara un folio en blanco bastarían 15 líneas, depondría la poca pólvora que queda en mis armas para siempre. Por eso te he dejado la grabadora, hablando no eres tan bueno. Tienes 5 minutos. Habla.

-…no voy a volver. Sólo venía a decirte eso. No voy a volver nunca más.- era verdad, lo supo en cuanto la última sílaba ondeó en el aire. No había nada más que él deseara decir. Si lo hubiera encañonado en ese preciso momento, esas hubieran sido sus últimas palabras.

- Perfecto. Métete la grabadora por el culo y lárgate de mi casa.

Él se marchó, por el mismo pasillo que había venido, y pensó que alguien debería hacer algo respecto a esa moqueta. Lo único que dejó encima de la mesa fue la grabadora.

martes, 17 de enero de 2012

dance me to the end of love

Parece que algo nos trajo aquí esta noche sin pretexto. Tal vez caídos de nidos extraterrestres, tal vez precipitados a empujones por dos corazones que conocen el curso de todas las cosas.

No sé qué plan tendrás tú pero, ¿por qué no dejar que nosotros sea aquí y ahora?

Por el momento me conformo con mirarte fijamente a los ojos y cogerte la mano un par de segundos, tal vez rozar tus piernas en un descuido.

Luego te confesaré –como un niño lo hace con sus travesuras - que prefiero no bailar contigo sino mirarte dar vueltas y vueltas en tu propio mundo y saborear la victoria de saber que los pasos de tu noche acabarán en mí. Observarte bailar hasta firmar por muertos mis ojos, acribillados sin piedad por el vuelo de tu vestido y algún que otro reflejo dorado de tu alma.

Un poco más tarde te diré quizás, que si el amor no es más que arena derramada de las manos, te entierro en montañas de mi tiempo terroso a cambio de una licencia de libertad, esa que me permita enroscarme cada madrugada en tu figura hasta olvidar la palabra mañana o hasta recordar que el mañana tiene tu nombre.

Después de todo, no tenemos nada que perder, en algún lugar nadie nos conoce.
Báilame, báilame hasta que el amor acabe.

“No digáis que agotado su tesoro, falta de asuntos enmudeció la lira.
Podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía.” G.A.B.