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viernes, 27 de julio de 2012

paciencia (divino tesoro)


-Entiendo sus quejas, caballero, pero ha de tener paciencia. Comprendo su urgencia y la inconveniencia que le hemos provocado. Sólo puedo pedirle eso, un poco más de paciencia.

-¿Paciencia? Mire, no me hable de esa estafa, porque cada vez más a menudo, en eso se ha convertido la paciencia, en una estafa piramidal. Tú coges y coges, no dejas de coger. Sin preguntar. Pareces tener fondos ilimitados así que la extiendes sobre la cama y te retuerces encima de ella y la lanzas por los aires. Es tan ligera, tan agradable en la punta de los dedos. También la repartes. Se siente uno genial repartiendo paciencia. Se siente como Donald Trump… ¿sabe usted quién es Donald Trump, señorita?

-Sí caballero, además de colgar y descolgar el teléfono, sé quién es Donald Trump.

- Fantástico. Pues eres como Donald Trump yendo por las calles con la cartera llena de paciencia, inundando con ella a los pobres diablos sin techo acomodados en tu portal, a las camareras que agrian el servicio con caras de perro, a los canallas que no respetan los pasos de peatones, a tu maldito cuñado, incluso a esos gorrillas tan irritantes. Por aquí por allá, al íntimo y al desconocido, no te importa si han hecho méritos. Incluso lo prefieres si no los han hecho, porque saboreas esa clase de generosidad que sólo enmascara engreimiento o bondad estúpida, pero nunca un gesto sincero.

El caso es que llega un día en que ha desaparecido toda, ¿entiende? Ya no queda nada de ella y se le tuercen a uno el gesto y la generosidad. En ese preciso momento cambian las tornas, la quieres toda de vuelta. Caminas por las calles de nuevo, pero esta vez con un frac raído, señalando y empujando con el dedo a cuantos encuentras <<Eh cabrones, ¿y mi paciencia? ¿Tenéis algo de paciencia? Devolvedme aunque sea un poco, anda. Yo os di sin preguntar.>>.

Para colmo llegas a casa y te aprietan los huevos los que se encuentran arriba en la pirámide <<Dónde está mi pellizco Donald? Sabes que hoy vencía. ¿Nada? Tienes tres días más. No me hagas descolgar el teléfono de nuevo>> Y como uno no es Jesús, se encuentra cada día más descosido y transparente frente al espejo. Jesús sí tenía paciencia. Una maldita Visa Platino de paciencia, pero él era el hijo de Dios. "Paciencia divino tesoro", ¿no? Lo mismo le daba ocho que ochenta. No puedo ser su imagen ni su semejanza, señorita.

No la quiero entretener. El caso es que, por todo esto que le acabo de explicar, yo soy de economía familiar con este tema, creo que es importantísimo saber gestionar ese tesoro y por ello me olvido de grandes desembolsos. El mes aprieta y no voy a ir por ahí derrochando. De hecho, guardo un bote en la cocina que se va rellenando cada vez que alguien dice un taco en casa y si sobra algo, me permito algún capricho. Porque no olvide, señorita, que eso, y nada más que eso, es la paciencia entre animales, crédito para soportar caprichos y vicios ajenos.

¿Oiga? ¿Señorita? ¿Oiga? Será… ¿Me ha colgado? Mis 2 minutos de gloria diarios. Disertando como Platón. Y tiene los huevos de colgarme. Se va a enterar de lo que es la paciencia.

¿Sí? Oiga, creo que se le ha debido de cortar…

jueves, 12 de julio de 2012

...ergo sum


A veces uno se aburre de amarse a sí mismo. Decide entonces que se siente solo. 
Cree firmemente que alguien más debería disfrutarle, al fin y al cabo, vale mucho. 
Se lanza a buscar a quien demostrarle todo cuanto vale. 
(Atentos al ligero matiz, “se lanza a buscar”, no “desea encontrar”)

Tantea, juguetea, halla. 
Escoge siguiendo un patrón bastante sencillo de retratar y complicado en demasía de entender, escoge a aquél que le concede la respuesta más positiva en lugar de aquél para el que su propia respuesta lo es. Desea empezar ganando, desea ganar. 
Esto es, un fabricante de miel con alergia a las abejas. Interesante.

Extiende entonces todo lo destacable de su ser encima de esta persona y cada vez se gusta más y mejor porque aquella observa extasiada, porque aquella se “ha dado cuenta” de cuánto vale. 
La envuelve y, claro, envuelto aquél ya no puede ver. 
Ahora se siente mejor, mucho mejor. 
Su gozo llena el pozo, lo rebasa completamente. 
Existe, y otra persona lo ha confirmado. 
Existe y tiene valor. 
Ya ha recargado las baterías de la autoestima a tope y está preparado para todo, ha evolucionado.
Se siente bien. Decide entonces que prefiere estar solo. 
A fin de cuentas, él no necesita a nadie.

¿O sí?


"Gente que se conforma con sentimientos menores y gente que escoge una soledad natural antes que una compañía forzada." IP


martes, 3 de julio de 2012

desposeído


Ahí estaban tirados, yaciendo como dos exploradores, que cansados de buscar un agua, deciden encontrar una sed. Buscando en sí, encontraron sed, pero también lenguas extrañas. Estas lenguas murmuraban a un volumen casi imperceptible, aleteando en una frecuencia rara y, como ya murmuraban ellas, ellos prefirieron callar. Callaron y cayeron, el uno en el otro, umbilicales y apresados. A cada aleteo más desnutridos sus estómagos. Huérfanos, fetales y uno.  

En este mundo, en este, a veintiún metros sobre el suelo, un viento africano templadísimo barrió sus pieles exfoliando las quimeras que el crecer se cobra en los poros, intercambiándolas por minúsculos escalofríos.

Y entonces escribí:

Con oler tu vientre soy todo hueco y silencio, por un instante los por qués me dejan aspirar algo de aire en el pabellón de fusilamiento. Una bocanada que antes de llegar  y, como casi todo lo que uno anhela, se disuelve a orillas de los sentidos. Sin retrato, sin guarida, sin reserva, es comprarles aire de vida a los rifles para, impelido y empujado, saborearlo, al fin, libremente.

Pero ya le siento subir las escaleras y abrir la puerta. Mientras me arrebujo más y más en tu vientre, y hundo mi nariz en tu foso y mis ojos en las suyas, cada vez con más firmeza, lo siento llegar hasta mi, su mano en mi hombro.

“Aún no, aún no. No me lleves de aquí aún.”



En este mundo, en este, tuve suficiente y nada más. Suficiente.
¿No es éste el verdadero anhelo? Ser...desposeído.


miércoles, 20 de junio de 2012

patio de recreo


-Vivimos en una sociedad civilizada, en la que los principios se articulan…

- Disculpe que le interrumpa, pero no he podido evitar escucharle, ya que sus palabras revoloteaban dentro de mi espacio aéreo. ¿Civilizados decía? Tiene usted cara de agente inmobiliario o de banquero. No, no, ¡de publicista! Usted tiene cara de publicista. Sí, sí, usted es de los que maneja los hilos. ¿Me equivoco? Corríjame si me equivoco. ¿Me hará usted ese favor?

 - Mire por donde lo ha adivinado. Trabajo como publicista. ¿Tiene usted algún problema? ¿Nos conocemos?

- ¡Lo sabía! Ahora que lo menciona sí tengo un problema y esperaba que usted pudiera resolverlo. Me temo que es un problema de concepto o de idea o de mensaje o de definición. Es que no manejo la terminología. ¿Me disculpará si cometo algún error en la terminología? ¿Me hará usted ese favor?

- ¿Un problema tiene usted?Por supuesto jefe, todos los tenemos, pero está interrumpiendo una conversación muy interesante, así que haremos lo siguiente: diga lo que tenga que decir rapidito, resolvemos su problema y se vuelve a concentrar en su mesa. ¿De acuerdo? 

- Gracias. Gracias.Intentaré ser lo más conciso en ese caso. Es usted un encanto, un publicista cojonudo. Mire, mi problema es el siguiente. Cuando no obtengo lo que deseo sufro. Más aún, cuando obtengo lo que deseo nunca es suficiente y sigo sufriendo porque algún día lo perderé o querré cambiarlo. Sufro y continúo. Me temo que es nuestra tónica habitual porque estamos siempre amordazados por toda esta falsa libertad que nos han construido, como un patio de recreo para distraernos mientras perdemos la vida a cada momento. Respiro tan inconscientemente absorto en la banalidad del día a día que olvido el conjunto. Me recuerda a una galleta china, ¿sabe? “El álbol me impide vel el bosque”. Yo me pregunto a veces al despertar, ¿dónde está mi bosque? ¿Quién huevos se ha llevado mi jodido bosque? ¿Lo han talado? ¿Me han talado la vida?

Pese a todo, repetimos los mismos rituales y convencionalismos sociales hasta desgastar nuestra fe en los demás. Bombardeados constantemente, nos vemos convertidos en animales alienados, enjaulados en la idea de lo que se espera de nosotros, para causar una buena impresión, que las ancianitas no cambien de acera al vernos y las mamás de nuestros allegados hablen bien de nosotros y todo eso...

Como le decía, deshojamos los días, precisamente, a la espera de que algo ocurra. Algo que haga que nuestras vidas sean dignas de recordar. Creemos que somos felices, pero aun cuando nos divertimos vivimos al filo de aburrirnos de nuevo. Ustedes nos han convencido. Nos resulta tan aburrido este mundo que inventamos vicios para autodestruirnos y luchamos por derechos que mañana se volverán en nuestra contra. Malgastamos el tiempo que el mundo moderno nos ahorra y no lo invertimos en nada. Son tantas y tantas cosas que...

Y todos estamos en el ajo, ¡qué duda cabe! Yo mismo. Yo mismo soy un malnacido que colabora en este patio pero, ¿usted? Usted es el jadeo de una jauría de hienas enceladas. Brrr. ¿Cómo de cachondo le pone a usted este patio de recreo, eh? Todos esos árboles y bosques…fiiuuuuuu, ¡pom! ¡Al suelo! Pero no ocurre nada, por que ¿qué podría yo hacer ocurrir? 

Ahora volveré a tomar asiento y de aquí a un rato habré reposado los on the rocks y usted el sofoco de este numerito mientras convence a su acompañante de "principios que se articulan". Y entonces? Ffffff Aaaaah! Entonces pagaremos la cuenta y volveremos en nuestras latas de caballos a nuestros pequeños compartimentos, y dormiremos plácidamente. Es más, en nuestros sueños tendremos una caja de arena, unos columpios y una motito de esas que, sitas en el suelo, se pueden balancear. ¡Qué gozada! Adoraba esas motos que se balanceaban.

Sí. Estoy seguro de que en un rato se me habrá pasado y dejaré de sufrir hasta mañana, pero hágame el favor, no vuelva a repetir eso de civilizados. Diga obedientes, educados, edulcorados, marchitos, semados, deshuevados, castrados, eunucos. Lo que usted desee, pero le ruego encarecidamente que no vuelva usted a pronunciar la palabra civilizados. En cuestiones de terminología soy muy quisquilloso. ¿Me hará usted ese favor? ¿Podrá usted hacer eso por mí?



"El hombre nace libre, pero en todas partes vive encadenado." J-J.R.

miércoles, 23 de mayo de 2012

árbol de otoño


Correteaba por la orilla alejándose y acercándose de mi figura, danzando, zigzageando, imprimiendo caminitos de huellas con las plantas de sus pies mientras yo andaba observándola. Lo recuerdo como uno de esos momentos de libertad universal, de los que sólo vive uno de niño, o de mayor cuando cree que nadie puede verle.

Aquel día eras un imán enorme, uno de esos que tienen las mujeres en los que no se distingue con claridad si son ellas las que viven en el mundo o es él quien las habita. Nosotros somos más regulares, pero ellas algunos días se empeñan en destrozar los sismógrafos. Recuerdo tu vestido largo – la bandera roja de tu oleaje violento en mi recuerdo - ondear con las rachas de viento que se levantaban en la playa. Era algo curiosamente rítmico observar, cómo  filtraba los rayos del sol tardío, proyectando una sombra bien marcada que parecía batallar en la arena con todo lo invisible. No miento si digo que por un rato juré que el tempo de las corrientes que acariciaban la playa, de abajo a arriba y vuelta a empezar, se regían por la danza de tu vestido. Mientras yo cavilaba, tú hacías el ganso, y si alguien se acercaba adoptabas una pose de dignidad divina. Parecías un ministro. Cuando sus sombras habían desaparecido, te acercabas corriendo, arrugabas la nariz para preguntar en un susurro <<No me han visto, ¿verdad?>> Yo reía y tú volvías a alejarte danzando.

Hubiera desangrado al mundo por acampar mis sueños en aquella playa. Plantar apenas cuatro estacas y envolverlas con una tela enrojecida con toda esa sangre de los ríos, de los patos, de los limones, de los campos en fruto. Hacerte el amor hasta morir derretidos por el sol y desgastados por el viento.

Me pediste que me sentara contigo, cerca de la orilla para que el agua pudiera mojar nuestros pies. Se me ocurrió contarte que tenía la teoría de que, en situaciones como aquélla, existen dos tipos de persona: las que se entretienen mirando al suelo, con el miedo persistente a que las olas lleguen hasta sus pies y los que se concentran en afrontar la inmensidad del mar sin preocuparse de lo que pueda venir. Lo pensaste un buen rato, con la mejilla apoyada en la palma de la mano, mientras observabas el mar, y exclamaste “Qué cosas tan curiosas se te ocurren!”

Acercaste, entonces, la cabeza a mi hombro y la dejaste ahí durante unos minutos que abrieron con una tijera, uno tras otro, la tarde y el cielo. Lo cierto es que aquella tarde de septiembre se había quedado preciosa. En ese mes todas las tardes lo son, parece que el cielo de verano se empeñe en convencer al calendario, en su lecho de muerte, de que aún no ha llegado su hora. No es que la muerte sea bonita, pero el ocaso que dibuja sí lo es, por lo menos en septiembre.

En un momento dado te separaste de mí bruscamente y tu gesto rompió mi vajilla súbitamente. Me dio por pensar que, si suena una sonata de Brahms en alguna vida, durante el tiempo suficiente, indefectiblemente la vajilla de la casa estallará contra el suelo de la cocina. Me miraste fijamente a mí, y luego al mar, y después a mí de nuevo, pero ahora tus ojos se habían vuelto impenetrables, como si hubieras metido la mirada hacia dentro y me devolvieras dos piedras muertas. Mientras tanto, a mi figura, difuminada y perdida en aquellas piedras, la asaltaba una angustia de hormigas. Con tranquilidad meridiana, como si me hubieras parido, terciaste con calma, a la vez que acariciabas con la mano mi muslo, “No ocurre nada malo. Sólo quiero hablarte. Aquí sentada.”  Así de sencillo señores, la magia hay que saber hacerla.


-Ya. Ya lo sé.- acerté a decir reuniendo esfuerzos para sonar seguro. Uno siempre dice esto para sonar seguro en los momentos en que no quiere saber nada.- Te escucho.

-¿Te gusta el verano?- preguntaste muy seria, como si de ello dependiera la vida de algún cachorro. Era una excentricidad caracterísitca tuya la de hacer preguntas así de triviales en estas situaciones.

- Claro, ¿a quién, no?

- ¿Y también te gusta el otoño?- continuaste, mientras moldeabas bolas con la arena húmeda.- ¿O sólo te gusta el verano?

- Prefiero el verano, aunque el otoño también me gusta bastante. ¿Qué me dices de tí?

- He estado pensando. No sé si sabes que yo te quiero…- a bocajarro. El sol debió de escucharte también porque se desentendió de nosotros y se metió en su garita.- Te quiero, pero el otoño me da miedo. Mataría porque fueras parecido a un árbol en otoño, para que tus finas hojas cayeran sobre mí en un suspiro quedo, rozándome en su caída, energizándome los pasos para que mis huellas no se borren en mucho mucho tiempo. Claro, que también debemos hacerlo al revés, también necesito que camines tras de mí, paciente, recogiendo con cuidado las hojas que abandono detrás, para tener materia hojosa con que abrigarme de amor en la siguiente estación. Creo que el equilibrio estará en saber cambiarse los papeles de tanto en cuando, en las estaciones que prefiramos. ¿Harás eso por mí? ¿Podremos jugar a ser árboles y jardineros? Si no, lo entendería, pero necesito…

- Sí. Creo que podremos.- la interrumpí sin poder o saber decir más. Todas las palabras empujaban a la vez por una garganta demasiado estrecha.

Unos minutos larguísimos de silencio se expandieron lentamente sobre la escena. Pensé que eran los minutos más largos de una vida, como si vinieran del espacio desde el reloj de algún astronauta ruso. Justo estaba pensando en cuánto más largos son los minutos en el espacio cuando me apretaste fuerte la mano.

- ¿Dos tipos de personas? ¡Qué cosas tan extrañas se te ocurren!

Nunca antes la vi reír con tanta fuerza.
Su carcajada engulló
los sismógrafos,
los ríos, los patos,
los limones, los campos en fruto.
Y, aunque no pudimos acampar,
sí que hicimos el amor
y sentí,
toda la sangre del mundo
bañando las raíces,
de un árbol de otoño.

miércoles, 9 de mayo de 2012

desesperazándome, desbebíendome y buscándote


Y ahí estaba yo, desesperazándome de poco a poco los sentidos, sacudiéndome los grados con deshonroso esfuerzo.

<< Joder. Tú por ahí tomando el sol y yo anoche infringiendo el toque de queda, desbebiéndome por tí como un pobre diablo. Emborrachándome para verte en alguna esquina o distinguirte en una barra o sorprenderte en las puertas de los baños. Alimentando la búsqueda con el recuerdo de tus ojos brillantes y la promesa de tus besos vitaminados. Confiando en un motivo para no repetir un camino de vuelta a casa torcido y sin duende>>

Y ahora ya, de buena mañana, devorado el cuerpo por la noche y amainado tu recuerdo por la sobriedad, siento que esta búsqueda mía es una madrugada cruel de 25 de diciembre repetida una y otra vez, ávida de regalos y lazos grandes y bonitos.

<<¿Y tú, y tú mientras tanto, madrugando para tomar el sol…? >>

Qué injusticia tan llana, qué injusticia tan poco aliñada!
Los hilos tan curiosos que nos mueven
y los contrastes tan crueles que nos separan.
Un niño borracho buscando un lazo grande y bonito
y una niña en plena operación bikini.





Nota: se hace evidente que las palabras en cursiva no existen, son meros juegos de letras. 

martes, 1 de mayo de 2012

la moqueta


El pasillo era interminable. Lo había recorrido cientos de veces y nunca había sido tan largo. Parecía que anduviera en una cinta estática o que los órganos le pesaran más de lo normal sabiendo que él caminaba tan solo unos pasos por detrás. Así le dio por repasar todas las manchas de la moqueta: había rodales de vino y de chocolate (o eso quería pensar) y también cantidad de restos de ceniza, por todos lados. Pensó que debería limpiarla pero, ¿cómo se limpiaba una moqueta?

Por fin alcanzó la puerta del salón y esperó a que él pasara primero y se sentara. Entró y colocó sus ojos enrojecidos y su juventud extenuada encima de la mesa del comedor, al lado puso una grabadora de voz. Encendió un cigarrillo mientras apoyaba con lasitud los pocos kilos que le quedaban en el marco de la puerta.

- Eres un hijo de puta, pero eso ya lo sabes. Lo cierto es que sabes tantas cosas. Ese ostracismo intelectual te envuelve como la piel al fruto aún verde. Bien apretada y tersa, infranqueable sin cuchillo. Eres inmaduro, verde, ácido, bien apretado y bien envuelto; pero tan peligroso cuando decides perforar tu piel escamada para derramar algo de tu zumo en mi vida, cuando decides bajar a mi realidad con esa sonrisa que muerde y enloquece mis relojes. Tú y tu maldito zumo de estrella agonizante que en su último suspiro, se empequeñece y se concentra, como deseando no explotar tan alto en mis oídos, sino controladamente. Cuando decides desahogarte en mis oídos… - hizo ademán de acercar el cigarro a su boca entreabierta pero se detuvo en seco y tiró la ceniza a la moqueta-. Yo en cambio, no sé casi nada. ¿Y de ti? Bueno, si te dejara un folio en blanco bastarían 15 líneas, depondría la poca pólvora que queda en mis armas para siempre. Por eso te he dejado la grabadora, hablando no eres tan bueno. Tienes 5 minutos. Habla.

-…no voy a volver. Sólo venía a decirte eso. No voy a volver nunca más.- era verdad, lo supo en cuanto la última sílaba ondeó en el aire. No había nada más que él deseara decir. Si lo hubiera encañonado en ese preciso momento, esas hubieran sido sus últimas palabras.

- Perfecto. Métete la grabadora por el culo y lárgate de mi casa.

Él se marchó, por el mismo pasillo que había venido, y pensó que alguien debería hacer algo respecto a esa moqueta. Lo único que dejó encima de la mesa fue la grabadora.

domingo, 15 de abril de 2012

de guerras, quereres y balas perdidas

-Pero yo la quiero...

-Seguramente que eso es bien cierto y que ella también lo hace chico, pero un hombre…un hombre a veces debe acabar con las despedidas abiertas, ¿entiendes?, recoger sus trastos y volverse a casa. Hazte a la idea de que estás en medio de una maldita guerra y tú eres uno de sus malditos bandos. Dos imbéciles con un te quiero en una mano y un arma en la otra.

-Precisamente por eso joder. Yo deseo recuperarla, yo quiero acabar con esta guerra. Olvidar todo lo que ha ocurrido y volver a casa con ella de la mano como antes.

- Mira, podéis firmar treguas livianas, alejar los frentes unos pasos e incluso podéis abasteceros del mismo pozo durante algún tiempo, pero no esperes que los de verde y los de rojo se vayan casa de la mano después de meterse bayonetas por el culo. Las heridas hondas devuelven personas en reconstrucción, casas con pilares afeminados, sentimientos renqueantes. Por eso no has de confundir las ganas de reponer el daño causado por tus acciones con los verdaderos motivos que os condujeron hasta esta situación. Algo andaba mal.

-¿Quieres decir que algo puede haberse roto después de esto? ¿Que ese mismo algo que no supe bien cómo se construyó puede haberse venido abajo de igual forma?

- No me preguntes eso a mí. Puede ser. Es algo jodido de averiguar, no me gustaría estar en tu tesitura. Y joder, probablemente la veas y la sed te queme la garganta como si ella fuera el último vaso de agua de este mundo y querrás disparar tus te quiero como un loco, pero tendrás que agarrarte los machos y aguantar, que estos conflictos tardan en amainar y hay un espacio de tiempo entre la última bala autorizada a disparar y la última bala que cruza el cielo. Para evitar una recaída no puedes descuidar ese espacio de tiempo. 

Los soldados no deben quitarse nunca el casco, es la norma número uno: protégete siempre. Sobrevivida la guerra, una bala perdida es una manera bastante estúpida de morir.

lunes, 9 de abril de 2012

aquel perfil moreno

Observaba el reflujo de opulencia de sus ojos como un mendigo gris, gruñendo en sus adentros, deseando su labio inferior con hambre rabiosa.

<<Todo cuanto deseaba le pertenecía a ella>>

Mirándola, afincado en la distancia, bebiendo de su imagen con esa distancia, cavilaba...

<<¿No era ese perfil de su nariz  y sus labios la opulencia que ambicionaba?, ¿no era esa caída desordenada de su pelo la propia caída suya?>>

Mirándola malfito y vagabundo se envenenaba en deseos de acomodar su pelo, sostenerlo apenas en sus dedos un segundo y dejarlo escapar en el vacío. Y repetir el proceso una y otra vez hasta adormecerle sus sentidos, hasta gustar su calma con sus manos. Calmar así el gruñido suyo también.

Poder alimentar ese vacío del sin techo, escalar con ilusión afanosa y cíclica las murallas de cartón entre sus dos mundos durante unos minutos. Para luego volver a su bordillo, golpeando su frente y maldiciendo su adicción, con sus manos tiritando en deseos de volverla a anhelar unos minutos más en noches por venir.

Drogar ese abismo suyo hasta otro día en que observar y gruñir de nuevo aquel perfil moreno con ojos de lumbre, aquel perfil en la distancia.

lunes, 26 de marzo de 2012

vive en la orilla

Los niños juegan en la orilla del mar.
Son un cubo, con  muescas y formas que ríen.
Construyen castillos. Y acabados, los contemplan.
Olor a arena mojada, humedad de sueños.
Llega un verdugo espumoso y los arrastra.
 
Se lamentan, se enrabietan, se lloran encima.
Otros más y unos menos, se enjugan los rostros.
Reculan en la playa.
 
Construyen castillos. Y acabados, los contemplan,
pero una hoz acuosa vuelve a arrastrarlos.
Reculan aún mucho más.
 
Construyen y contemplan.
Contemplan y contemplan.
Olor a arena quemada, asilo de podredumbre.
 
Se les gastan los dientes y los ojos.
Secos y seguros. Cuerdos. Reculando.
Pues vaya historia.
El amor vive en la orilla:
con los dementes, con las verdugos.


¿Lecciones aprendidas? Olvidadlas todas si buscáis amar en la orilla. Si no, apuntad y reculad.