_

_

jueves, 27 de septiembre de 2012

la sonrisa en ruinas


-Siéntate por favor.- le pidió balanceando la cabeza en dirección al banco vacío mientras hacía malabares para desabrocharse el cierre del tacón izquierdo.
-¿Necesitas ayuda?
-No que va. Puedo sola. Tú siéntate.
-¿Estás segura?
-Que sí joder. No seas pesado.
-Vale, vale. Pues tú dirás.

-Verás, ¿te he contado alguna vez en qué trabaja mi padre?
-Me dijiste que era fotógrafo. Se dedica a sacar las fotos para los anuarios de los colegios, bodas, bautizos…Todo eso, ¿no?
-Eso es. Un trabajo bastante aburrido. Cuando yo era pequeña me encantaba entrar en su laboratorio casero y observar el proceso de revelado. Imagino que cuando lo realizas cientos de veces pierde el encanto pero para una niña de medio metro era algo maravilloso ver colgadas todas esas fotos en pinzas en un cuarto prácticamente a oscuras, los tanques con sustancias químicas, los 4 pilares: revelado, paro, fijado y lavado, el secado posterior, todo…Era un proceso con cierto mística. Todas esas vidas, paradas en lo anecdótico y circunstancial del momento, dadas a luz, sacadas de la oscuridad del negativo por el metódico movimiento y la certera automatización del laboratorio. Algo así como un parto constante de recuerdos gestados por otras barrigas.
-Joder. Nunca habría imaginado que revelar fotos pudiera convertirse en un ritual, ni siquiera me había planteado cómo se hacía. ¿Por eso te encanta la fotografía? Sabes que es un tema que no me interesa demasiado.

-Sí bueno, ese no es el tema. No quiero perder el tiempo, además estoy un poco mareada y apesto a humo. Me huele el pelo a tubo de escape. Así que sólo te haré una pregunta. Para que estés avisado, es una pregunta de abogado, o de mujer. Todo abogado tiene mucho de mujer, ¿no crees?
-¿Cómo?
-Déjalo- dijo, frotándose las sienes con firmeza.-¿Cuántos corazones tienes y entre cuantas los andas repartiendo, amor?

jueves, 13 de septiembre de 2012

hasta mañana


Se abarata el sueño.
En silencio,
tejidos con fibras rendidas,
los párpados, en u
abatidos.

Descalzo,
estorbado por la luz
y ronco.
Nunca duele a cuenta de otro.

Entretanto,
se reúne el G8,
y con regurgitado acrítico,
me cuida el mundo
hasta mañana.


lunes, 27 de agosto de 2012

me dolió de veras


El paritorio y la morgue son extrañamente similares, ¿no te parece? -preguntó en alto pero con una voz que invitaba a no participar con una respuesta-. Es algo a lo que le he dado varias vueltas y siempre he llegado a una conclusión idéntica: en las dos se está desnudo, helado y unido a un cordoncito. En un caso el vínculo es el alimento y la vida de una madre, en el otro el olvido y nada más. Un cordelito rodeándote el dedo gordo para que no se olviden de quién eres, ¿te lo puedes creer? Vives toda una vida para depender de un cordelito cutre para que las cenizas del salón sean las tuyas y no las de ese otro señor que murió de un ictus el mismo día que tú. Menuda historia.

Cuando acabó la frase comenzó a sacudir la cabeza lentamente, con la mirada fija en ninguna parte. Luego se rascó la pantorrilla insistentemente hasta devolver su pensamiento al salón para continuar.

Esa es otra. La mandanga de las cenizas. Esa gente que hace eso… qué quieres que te diga, no me parece trigo limpio, desde luego que no. Ya una vez me ocurrió algo muy curioso. Estaba en casa de mi amigo Phil - un gran tipo-  de los que nadie le quiere presentar a una chica antes de habérsela tirado.

Se levantó y me dio la espalda para servirse una nueva copa. Al terminar de servirse su medida normal- uno doble- quedaba aún un culo en la botella. Tras comprobar a trasluz que esto era así, apuró lo que quedaba en el vaso y dejó la botella vacía en la misma leja de la que la había sacado al acabar la cena.

¿Y mis cigarros? ¿Has visto mi paquete? Ah. Gracias. No encuentro el mío - dijo inclinándose hacia el sillón en el que me encontraba para encender primero el cigarro que acababa de pasarle y después el que se encontraba entre mis labios- Gracias.

Bueno, pues estaba esperándole sentado en su salón y había uno de esos jarrones. Él se estaba cambiando o algo parecido. Yo no sabía muy bien qué hacer en una situación como aquélla; me pongo de los nervios cuando espero a alguien a solas en su salón, así que me levanté y fui a curiosear. Y las vi. Vi las cenizas. Por poco devuelvo. Reconozco que durante unos días no pude mirarle igual, era como si le hubiera visto meneándosela. Esas cosas afectan a la percepción que tenemos de las personas.

Se quedó callado unos segundos, de pie frente a mí, pero extrañamente cerca de la mesita auxiliar que separaba ambos sillones, con su mano izquierda en el bolsillo del batín y la derecha extendida en alto, observando a la luz de la lámpara central, los dos dedos con los que sostenía el cigarrillo. Entonces la bajó para dar una calada larga y profunda, como para coger aire.

Total, que un día se lo dije. Íbamos borrachísimos y se lo dije << Oye, Phil. Las he visto>> << ¿El qué? ¿Qué has visto el qué?>> me contestó. << Las cenizas tío. Ese jodido cúmulo de excrementos de cigarro. Que puto mal rollo, casi devuelvo. Me sabe mal porque eres un gran tipo, pero no creo que si mañana murieses…En fin, creo que no te puedo garantizar verter tus cenizas al mar ni ninguna cosa parecida. Es algo que me supera. ¿Te importa? ¿Te parece mal? Eres un gran tío. Tenía que contártelo. >> Se estuvo riendo un buen rato para acabar contestándome <<No pasa nada. Eres un hecho polvo así que para cuando ese momento llegue, tú ya habrás visitado el cementerio un par de veces por lo menos. >>

¡Cómo nos reímos aquella noche! Sobre todo cuando le conté que había tirado la colilla de mi cigarro dentro del jarrón en el que tenían enlatada a su abuela y lo había removido. Por poco se nos para el corazón.

Llegado a este punto los ojos le centelleaban - encendidos de recuerdos -  y reía entre dientes a la vez que sacudía la cabeza de nuevo.

¿Sabes? El muy cabrón murió sólo diez años después. Yo seguía vivo, ¿entiendes? Y no fui capaz de verter sus putas cenizas en el jardín de la casa en que nació. Me dolió de veras. Me dolió de veras.

Diez años más viejo,
me pidió que le diera
-  por favor -
otro cigarro,
porque seguía sin encontrar su paquete.

sábado, 11 de agosto de 2012

microsoledades


Llevo horas intentando quitarme de encima una de esas ideas furiosamente injustas que todo hombre de bien ha de domar o esconder bajo la alfombra: hablar a destiempo. He estado aspirando copas, con la esperanza de que alguna se convirtiera en cerbatana con dardos que anestesiaran. Pero la borrachera de hierbas ha terminado por bucearme y ponerme la tristeza de punta. Y a mí, que soy muy de pintar cuadros desangelados, me da por vestirme con el uniforme de fulano triste. De un triste calmado y sin adornos, proletario y arrugado. Un uniforme al fin y al cabo.

Eso tan injusto que quería decirte es, que mientras estaba dándote ese abrazo con fecha, rezaba a escondidas para que la nieve estuviera bien sucia y todo fuera oscuro, porque el paisaje te enfriara los dedos de los pies, porque fueras a volver corriendo.

También, que imaginarte perdida en los cruces de todas esas calles cubiertas de blanco sin tu llave de tinta numerada en suerte, me viene grande. Porque no quiero quedarme atrás, languideciendo como kilómetros de quitamiedos que, perplejos, se superponen en microsoledades. Microsoledades acumuladas en meses con días y días con pan. Con pan pero sin ti.



viernes, 27 de julio de 2012

paciencia (divino tesoro)


-Entiendo sus quejas, caballero, pero ha de tener paciencia. Comprendo su urgencia y la inconveniencia que le hemos provocado. Sólo puedo pedirle eso, un poco más de paciencia.

-¿Paciencia? Mire, no me hable de esa estafa, porque cada vez más a menudo, en eso se ha convertido la paciencia, en una estafa piramidal. Tú coges y coges, no dejas de coger. Sin preguntar. Pareces tener fondos ilimitados así que la extiendes sobre la cama y te retuerces encima de ella y la lanzas por los aires. Es tan ligera, tan agradable en la punta de los dedos. También la repartes. Se siente uno genial repartiendo paciencia. Se siente como Donald Trump… ¿sabe usted quién es Donald Trump, señorita?

-Sí caballero, además de colgar y descolgar el teléfono, sé quién es Donald Trump.

- Fantástico. Pues eres como Donald Trump yendo por las calles con la cartera llena de paciencia, inundando con ella a los pobres diablos sin techo acomodados en tu portal, a las camareras que agrian el servicio con caras de perro, a los canallas que no respetan los pasos de peatones, a tu maldito cuñado, incluso a esos gorrillas tan irritantes. Por aquí por allá, al íntimo y al desconocido, no te importa si han hecho méritos. Incluso lo prefieres si no los han hecho, porque saboreas esa clase de generosidad que sólo enmascara engreimiento o bondad estúpida, pero nunca un gesto sincero.

El caso es que llega un día en que ha desaparecido toda, ¿entiende? Ya no queda nada de ella y se le tuercen a uno el gesto y la generosidad. En ese preciso momento cambian las tornas, la quieres toda de vuelta. Caminas por las calles de nuevo, pero esta vez con un frac raído, señalando y empujando con el dedo a cuantos encuentras <<Eh cabrones, ¿y mi paciencia? ¿Tenéis algo de paciencia? Devolvedme aunque sea un poco, anda. Yo os di sin preguntar.>>.

Para colmo llegas a casa y te aprietan los huevos los que se encuentran arriba en la pirámide <<Dónde está mi pellizco Donald? Sabes que hoy vencía. ¿Nada? Tienes tres días más. No me hagas descolgar el teléfono de nuevo>> Y como uno no es Jesús, se encuentra cada día más descosido y transparente frente al espejo. Jesús sí tenía paciencia. Una maldita Visa Platino de paciencia, pero él era el hijo de Dios. "Paciencia divino tesoro", ¿no? Lo mismo le daba ocho que ochenta. No puedo ser su imagen ni su semejanza, señorita.

No la quiero entretener. El caso es que, por todo esto que le acabo de explicar, yo soy de economía familiar con este tema, creo que es importantísimo saber gestionar ese tesoro y por ello me olvido de grandes desembolsos. El mes aprieta y no voy a ir por ahí derrochando. De hecho, guardo un bote en la cocina que se va rellenando cada vez que alguien dice un taco en casa y si sobra algo, me permito algún capricho. Porque no olvide, señorita, que eso, y nada más que eso, es la paciencia entre animales, crédito para soportar caprichos y vicios ajenos.

¿Oiga? ¿Señorita? ¿Oiga? Será… ¿Me ha colgado? Mis 2 minutos de gloria diarios. Disertando como Platón. Y tiene los huevos de colgarme. Se va a enterar de lo que es la paciencia.

¿Sí? Oiga, creo que se le ha debido de cortar…

jueves, 12 de julio de 2012

...ergo sum


A veces uno se aburre de amarse a sí mismo. Decide entonces que se siente solo. 
Cree firmemente que alguien más debería disfrutarle, al fin y al cabo, vale mucho. 
Se lanza a buscar a quien demostrarle todo cuanto vale. 
(Atentos al ligero matiz, “se lanza a buscar”, no “desea encontrar”)

Tantea, juguetea, halla. 
Escoge siguiendo un patrón bastante sencillo de retratar y complicado en demasía de entender, escoge a aquél que le concede la respuesta más positiva en lugar de aquél para el que su propia respuesta lo es. Desea empezar ganando, desea ganar. 
Esto es, un fabricante de miel con alergia a las abejas. Interesante.

Extiende entonces todo lo destacable de su ser encima de esta persona y cada vez se gusta más y mejor porque aquella observa extasiada, porque aquella se “ha dado cuenta” de cuánto vale. 
La envuelve y, claro, envuelto aquél ya no puede ver. 
Ahora se siente mejor, mucho mejor. 
Su gozo llena el pozo, lo rebasa completamente. 
Existe, y otra persona lo ha confirmado. 
Existe y tiene valor. 
Ya ha recargado las baterías de la autoestima a tope y está preparado para todo, ha evolucionado.
Se siente bien. Decide entonces que prefiere estar solo. 
A fin de cuentas, él no necesita a nadie.

¿O sí?


"Gente que se conforma con sentimientos menores y gente que escoge una soledad natural antes que una compañía forzada." IP


martes, 3 de julio de 2012

desposeído


Ahí estaban tirados, yaciendo como dos exploradores, que cansados de buscar un agua, deciden encontrar una sed. Buscando en sí, encontraron sed, pero también lenguas extrañas. Estas lenguas murmuraban a un volumen casi imperceptible, aleteando en una frecuencia rara y, como ya murmuraban ellas, ellos prefirieron callar. Callaron y cayeron, el uno en el otro, umbilicales y apresados. A cada aleteo más desnutridos sus estómagos. Huérfanos, fetales y uno.  

En este mundo, en este, a veintiún metros sobre el suelo, un viento africano templadísimo barrió sus pieles exfoliando las quimeras que el crecer se cobra en los poros, intercambiándolas por minúsculos escalofríos.

Y entonces escribí:

Con oler tu vientre soy todo hueco y silencio, por un instante los por qués me dejan aspirar algo de aire en el pabellón de fusilamiento. Una bocanada que antes de llegar  y, como casi todo lo que uno anhela, se disuelve a orillas de los sentidos. Sin retrato, sin guarida, sin reserva, es comprarles aire de vida a los rifles para, impelido y empujado, saborearlo, al fin, libremente.

Pero ya le siento subir las escaleras y abrir la puerta. Mientras me arrebujo más y más en tu vientre, y hundo mi nariz en tu foso y mis ojos en las suyas, cada vez con más firmeza, lo siento llegar hasta mi, su mano en mi hombro.

“Aún no, aún no. No me lleves de aquí aún.”



En este mundo, en este, tuve suficiente y nada más. Suficiente.
¿No es éste el verdadero anhelo? Ser...desposeído.


miércoles, 20 de junio de 2012

patio de recreo


-Vivimos en una sociedad civilizada, en la que los principios se articulan…

- Disculpe que le interrumpa, pero no he podido evitar escucharle, ya que sus palabras revoloteaban dentro de mi espacio aéreo. ¿Civilizados decía? Tiene usted cara de agente inmobiliario o de banquero. No, no, ¡de publicista! Usted tiene cara de publicista. Sí, sí, usted es de los que maneja los hilos. ¿Me equivoco? Corríjame si me equivoco. ¿Me hará usted ese favor?

 - Mire por donde lo ha adivinado. Trabajo como publicista. ¿Tiene usted algún problema? ¿Nos conocemos?

- ¡Lo sabía! Ahora que lo menciona sí tengo un problema y esperaba que usted pudiera resolverlo. Me temo que es un problema de concepto o de idea o de mensaje o de definición. Es que no manejo la terminología. ¿Me disculpará si cometo algún error en la terminología? ¿Me hará usted ese favor?

- ¿Un problema tiene usted?Por supuesto jefe, todos los tenemos, pero está interrumpiendo una conversación muy interesante, así que haremos lo siguiente: diga lo que tenga que decir rapidito, resolvemos su problema y se vuelve a concentrar en su mesa. ¿De acuerdo? 

- Gracias. Gracias.Intentaré ser lo más conciso en ese caso. Es usted un encanto, un publicista cojonudo. Mire, mi problema es el siguiente. Cuando no obtengo lo que deseo sufro. Más aún, cuando obtengo lo que deseo nunca es suficiente y sigo sufriendo porque algún día lo perderé o querré cambiarlo. Sufro y continúo. Me temo que es nuestra tónica habitual porque estamos siempre amordazados por toda esta falsa libertad que nos han construido, como un patio de recreo para distraernos mientras perdemos la vida a cada momento. Respiro tan inconscientemente absorto en la banalidad del día a día que olvido el conjunto. Me recuerda a una galleta china, ¿sabe? “El álbol me impide vel el bosque”. Yo me pregunto a veces al despertar, ¿dónde está mi bosque? ¿Quién huevos se ha llevado mi jodido bosque? ¿Lo han talado? ¿Me han talado la vida?

Pese a todo, repetimos los mismos rituales y convencionalismos sociales hasta desgastar nuestra fe en los demás. Bombardeados constantemente, nos vemos convertidos en animales alienados, enjaulados en la idea de lo que se espera de nosotros, para causar una buena impresión, que las ancianitas no cambien de acera al vernos y las mamás de nuestros allegados hablen bien de nosotros y todo eso...

Como le decía, deshojamos los días, precisamente, a la espera de que algo ocurra. Algo que haga que nuestras vidas sean dignas de recordar. Creemos que somos felices, pero aun cuando nos divertimos vivimos al filo de aburrirnos de nuevo. Ustedes nos han convencido. Nos resulta tan aburrido este mundo que inventamos vicios para autodestruirnos y luchamos por derechos que mañana se volverán en nuestra contra. Malgastamos el tiempo que el mundo moderno nos ahorra y no lo invertimos en nada. Son tantas y tantas cosas que...

Y todos estamos en el ajo, ¡qué duda cabe! Yo mismo. Yo mismo soy un malnacido que colabora en este patio pero, ¿usted? Usted es el jadeo de una jauría de hienas enceladas. Brrr. ¿Cómo de cachondo le pone a usted este patio de recreo, eh? Todos esos árboles y bosques…fiiuuuuuu, ¡pom! ¡Al suelo! Pero no ocurre nada, por que ¿qué podría yo hacer ocurrir? 

Ahora volveré a tomar asiento y de aquí a un rato habré reposado los on the rocks y usted el sofoco de este numerito mientras convence a su acompañante de "principios que se articulan". Y entonces? Ffffff Aaaaah! Entonces pagaremos la cuenta y volveremos en nuestras latas de caballos a nuestros pequeños compartimentos, y dormiremos plácidamente. Es más, en nuestros sueños tendremos una caja de arena, unos columpios y una motito de esas que, sitas en el suelo, se pueden balancear. ¡Qué gozada! Adoraba esas motos que se balanceaban.

Sí. Estoy seguro de que en un rato se me habrá pasado y dejaré de sufrir hasta mañana, pero hágame el favor, no vuelva a repetir eso de civilizados. Diga obedientes, educados, edulcorados, marchitos, semados, deshuevados, castrados, eunucos. Lo que usted desee, pero le ruego encarecidamente que no vuelva usted a pronunciar la palabra civilizados. En cuestiones de terminología soy muy quisquilloso. ¿Me hará usted ese favor? ¿Podrá usted hacer eso por mí?



"El hombre nace libre, pero en todas partes vive encadenado." J-J.R.

miércoles, 23 de mayo de 2012

árbol de otoño


Correteaba por la orilla alejándose y acercándose de mi figura, danzando, zigzageando, imprimiendo caminitos de huellas con las plantas de sus pies mientras yo andaba observándola. Lo recuerdo como uno de esos momentos de libertad universal, de los que sólo vive uno de niño, o de mayor cuando cree que nadie puede verle.

Aquel día eras un imán enorme, uno de esos que tienen las mujeres en los que no se distingue con claridad si son ellas las que viven en el mundo o es él quien las habita. Nosotros somos más regulares, pero ellas algunos días se empeñan en destrozar los sismógrafos. Recuerdo tu vestido largo – la bandera roja de tu oleaje violento en mi recuerdo - ondear con las rachas de viento que se levantaban en la playa. Era algo curiosamente rítmico observar, cómo  filtraba los rayos del sol tardío, proyectando una sombra bien marcada que parecía batallar en la arena con todo lo invisible. No miento si digo que por un rato juré que el tempo de las corrientes que acariciaban la playa, de abajo a arriba y vuelta a empezar, se regían por la danza de tu vestido. Mientras yo cavilaba, tú hacías el ganso, y si alguien se acercaba adoptabas una pose de dignidad divina. Parecías un ministro. Cuando sus sombras habían desaparecido, te acercabas corriendo, arrugabas la nariz para preguntar en un susurro <<No me han visto, ¿verdad?>> Yo reía y tú volvías a alejarte danzando.

Hubiera desangrado al mundo por acampar mis sueños en aquella playa. Plantar apenas cuatro estacas y envolverlas con una tela enrojecida con toda esa sangre de los ríos, de los patos, de los limones, de los campos en fruto. Hacerte el amor hasta morir derretidos por el sol y desgastados por el viento.

Me pediste que me sentara contigo, cerca de la orilla para que el agua pudiera mojar nuestros pies. Se me ocurrió contarte que tenía la teoría de que, en situaciones como aquélla, existen dos tipos de persona: las que se entretienen mirando al suelo, con el miedo persistente a que las olas lleguen hasta sus pies y los que se concentran en afrontar la inmensidad del mar sin preocuparse de lo que pueda venir. Lo pensaste un buen rato, con la mejilla apoyada en la palma de la mano, mientras observabas el mar, y exclamaste “Qué cosas tan curiosas se te ocurren!”

Acercaste, entonces, la cabeza a mi hombro y la dejaste ahí durante unos minutos que abrieron con una tijera, uno tras otro, la tarde y el cielo. Lo cierto es que aquella tarde de septiembre se había quedado preciosa. En ese mes todas las tardes lo son, parece que el cielo de verano se empeñe en convencer al calendario, en su lecho de muerte, de que aún no ha llegado su hora. No es que la muerte sea bonita, pero el ocaso que dibuja sí lo es, por lo menos en septiembre.

En un momento dado te separaste de mí bruscamente y tu gesto rompió mi vajilla súbitamente. Me dio por pensar que, si suena una sonata de Brahms en alguna vida, durante el tiempo suficiente, indefectiblemente la vajilla de la casa estallará contra el suelo de la cocina. Me miraste fijamente a mí, y luego al mar, y después a mí de nuevo, pero ahora tus ojos se habían vuelto impenetrables, como si hubieras metido la mirada hacia dentro y me devolvieras dos piedras muertas. Mientras tanto, a mi figura, difuminada y perdida en aquellas piedras, la asaltaba una angustia de hormigas. Con tranquilidad meridiana, como si me hubieras parido, terciaste con calma, a la vez que acariciabas con la mano mi muslo, “No ocurre nada malo. Sólo quiero hablarte. Aquí sentada.”  Así de sencillo señores, la magia hay que saber hacerla.


-Ya. Ya lo sé.- acerté a decir reuniendo esfuerzos para sonar seguro. Uno siempre dice esto para sonar seguro en los momentos en que no quiere saber nada.- Te escucho.

-¿Te gusta el verano?- preguntaste muy seria, como si de ello dependiera la vida de algún cachorro. Era una excentricidad caracterísitca tuya la de hacer preguntas así de triviales en estas situaciones.

- Claro, ¿a quién, no?

- ¿Y también te gusta el otoño?- continuaste, mientras moldeabas bolas con la arena húmeda.- ¿O sólo te gusta el verano?

- Prefiero el verano, aunque el otoño también me gusta bastante. ¿Qué me dices de tí?

- He estado pensando. No sé si sabes que yo te quiero…- a bocajarro. El sol debió de escucharte también porque se desentendió de nosotros y se metió en su garita.- Te quiero, pero el otoño me da miedo. Mataría porque fueras parecido a un árbol en otoño, para que tus finas hojas cayeran sobre mí en un suspiro quedo, rozándome en su caída, energizándome los pasos para que mis huellas no se borren en mucho mucho tiempo. Claro, que también debemos hacerlo al revés, también necesito que camines tras de mí, paciente, recogiendo con cuidado las hojas que abandono detrás, para tener materia hojosa con que abrigarme de amor en la siguiente estación. Creo que el equilibrio estará en saber cambiarse los papeles de tanto en cuando, en las estaciones que prefiramos. ¿Harás eso por mí? ¿Podremos jugar a ser árboles y jardineros? Si no, lo entendería, pero necesito…

- Sí. Creo que podremos.- la interrumpí sin poder o saber decir más. Todas las palabras empujaban a la vez por una garganta demasiado estrecha.

Unos minutos larguísimos de silencio se expandieron lentamente sobre la escena. Pensé que eran los minutos más largos de una vida, como si vinieran del espacio desde el reloj de algún astronauta ruso. Justo estaba pensando en cuánto más largos son los minutos en el espacio cuando me apretaste fuerte la mano.

- ¿Dos tipos de personas? ¡Qué cosas tan extrañas se te ocurren!

Nunca antes la vi reír con tanta fuerza.
Su carcajada engulló
los sismógrafos,
los ríos, los patos,
los limones, los campos en fruto.
Y, aunque no pudimos acampar,
sí que hicimos el amor
y sentí,
toda la sangre del mundo
bañando las raíces,
de un árbol de otoño.

miércoles, 9 de mayo de 2012

desesperazándome, desbebíendome y buscándote


Y ahí estaba yo, desesperazándome de poco a poco los sentidos, sacudiéndome los grados con deshonroso esfuerzo.

<< Joder. Tú por ahí tomando el sol y yo anoche infringiendo el toque de queda, desbebiéndome por tí como un pobre diablo. Emborrachándome para verte en alguna esquina o distinguirte en una barra o sorprenderte en las puertas de los baños. Alimentando la búsqueda con el recuerdo de tus ojos brillantes y la promesa de tus besos vitaminados. Confiando en un motivo para no repetir un camino de vuelta a casa torcido y sin duende>>

Y ahora ya, de buena mañana, devorado el cuerpo por la noche y amainado tu recuerdo por la sobriedad, siento que esta búsqueda mía es una madrugada cruel de 25 de diciembre repetida una y otra vez, ávida de regalos y lazos grandes y bonitos.

<<¿Y tú, y tú mientras tanto, madrugando para tomar el sol…? >>

Qué injusticia tan llana, qué injusticia tan poco aliñada!
Los hilos tan curiosos que nos mueven
y los contrastes tan crueles que nos separan.
Un niño borracho buscando un lazo grande y bonito
y una niña en plena operación bikini.





Nota: se hace evidente que las palabras en cursiva no existen, son meros juegos de letras.