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viernes, 18 de enero de 2013

retazos


+Joder. De noviembre aquí cuesta abajo y sin frenos. Me tienes agotada. Cada día un paso adelante que echaré de menos.
-Sí, pero que a gustito ahora. En el pecado va la penitencia. Y nos hemos puesto morados.
+¿Te da pena irte?
-No, claro que no. Lo único que dejo con pena ni siquiera está aquí.
+Venga vámonos, que aquí no puedo fumar.
-Espera que mis manos van a encontrarte un escondite en la estación de servicio para liarte un pito.
+Tú qué vas a liar. Además lo estoy dejando. Vámonos.

[…]

+No te flipes, que las sabanas estás frías, que yo duermo con pijama.
-Vamos a beber, ya hablaremos del pijama.
+Pero antes otro pito.
-¿Qué ocurre?
+Ven a hacerme la casita que esto no se enciende.
-De gracias nada, dame un beso. Trabajando en grupo somos más que uno.

[…]

-Las páginas que puedo escribirte dependen de cuantas capas te puedas quitar.
+Eres un guarro y un sobón. Pero escríbeme algo anda.
-No es mi culpa que mis manos sean niños, nena. Palabras te regalo las que quieras, que me tienes envenenado.
+Entonces dime algunas. Aunque ya las haya escuchado, tú haces que todas sean relucientes, como si tuviera 15 años.
-Eso eres tú, que eres un bautismo del miedo.
+Sigue
- Como tener la cabeza descolgada sobre un pila de agua cristalina sin reflejo y asomarse al interior del vértigo hasta fijar la mirada en el fondo. Así eres ahora que te miro de verdad, sin dobleces ni esquinas, sin velos que nos cubran. ¿Cómo podría compensar la fortuna de tu puerta entreabierta? Ahora que es absoluto, sin ambages ni adornos, sin pieles que nos separen. Ahora que tú apareces en el fondo de esa pila. ¿Cómo?
+¿Y qué más?
-No te pases de lista que aún tienes la ropa puesta.

[…]

Ella me quiere. Dice que no puedo ir tan rápido, que esa prisa es peligrosa, que lo quiero todo. Digo que no, pero tiene razón. Ella sabe que quiero el fuego y que siempre vendrá de mi mano.

lunes, 10 de diciembre de 2012

un rayo en el jardín


Cuenta la mitología griega de la muerte, que era hija de la noche y hermana gemela del sueño. También, que cada anochecer tenía lugar la misma discusión fraternal por el reparto de las almas de los hombres.

Estaba reprimiéndome para no revisitar el recuerdo de los tanatorios en que he estado. Odio intensamente esos lugares, intensamente. Ni que decir tiene las ceremonias o rituales o cualquiera que sea el nombre de aquello que acontece en ellos. Los recuerdo iluminados como bibliotecas, sucintamente coloridos, repensados. Psicología de transición, desmitificación del duelo,  un paso adelante en el sector. Para mí, la estrategia desafortunada- y por qué no decirlo, infame- de buscar concilio entre la esperanza y el luto. 

Si odio algo más que los tanatorios, aún no lo conozco y espero no hacerlo nunca. Mi odio se fundamenta en cientos de detalles y unos cuantos bultos.  Uno de ellos es que se me pone el corazón de mimbre cuando los piso. Y por entre las aberturas del trenzado, embocan los tubos de la tristeza de los más tristes de la sala, llenándome de plomo, haciéndome sentir pesado y torpe. Otro es que cada vez que repaso la sala tengo a Dave Lombardo trabajándome la nuez. Aquello está lleno de personas y lo odio. Soy una de ellas. 

Me cago en la puta. [...]

sábado, 8 de diciembre de 2012

charol negro

Despierto catabólico;

pero después
y en todo, me atienden
-densos-
tus ojos de charol negro.


martes, 27 de noviembre de 2012

un día cualquiera


Esta mañana el calendario ha empezado a joderme, así que he salido a la calle a dar una vuelta para airearme. No tenía nada que hacer en especial pero sí muchas cosas no especiales por hacer. Noviembre en el calendario, septiembre en el mercurio. Algo jodido estamos haciendo con el planeta, desde luego, pero un día cojonudo. ¿Gafas de sol y chaqueta de entretiempo? Qué gozada de tiempo. Incluso me han entrado ganas de ser fumador. Encenderme uno y fumármelo tranquilamente. Sin el puto sol haciéndome sudar los pecados desde la primera comunión ni el frío húmedo encharcándome los huesos. Un piti tranquilo y dedicado, con receso entre calada y calada, como una obra de teatro. 

Siento dentro que mis días en esta ciudad se van deshojando. No es que me dé pena, pero he vivido tanto en estas calles que se me hace extraño desear aprender otras, desear poblar a otras, apreciar el almizcle de sensaciones que viene de la mano de la novedad, imbuirse de cambio. Como acostarse con una mujer nueva, vaya. Levanto la cabeza hacia el sol, qué sensación de grandeza. Todos ellos deben de saber que no tengo límite, y si no ya estoy yo aquí para decírselo.


Como no fumo me da por andar un rato. Voy a la plaza, que de momento es gratis. Está atestada de palomas y de gente. Por aquí hay de todo. Algunos tienen cara de cosmopolita y otros de rancio. Los primeros hacen palmitas porque la orla del cole la firme Benetton, los segundos piensan que crisol de culturas significa que el transporte público huele “fuerte”. Vamos, España. 

Pasan chicas bonitas y chicas simpáticas. No existe nada más desangelado que una chica simpática andando por una ciudad. Ni se os ocurra llamarlas así. Sólo existe una cosa más cruel que decir que una chica es simpática y es decir que es un encanto. En este mundo los gorditos y los feos tienen oportunidades, las gorditas y las feas bastantes menos. Es así. Ellas son malas en un sentido estricto, pero sancionan y excluyen infinitamente menos por este tipo de cosas. Nosotros lo hacemos continuamente, incluso los gorditos o los feos. 

En un banco una parejita adolescente sacándose brillo. Joder. Eso es algo que no debería perderse nunca. Los cincuentones tendrían que quedar a darse el lote y asobinarse en los bancos. <<No, es que la gente madura.>> ¿Maduras o te rindes? No lo tengo claro. 


Muchos de los jóvenes están marcados por tatuajes y muchos viejitos están marcados por arrugas finas y simétricas, como planeadas por la vida. Alguien debería aprender a leer esas líneas, las de la mano ya sabe cualquiera. También hay un chico sentado en un banco con una maleta con candado. Parece algo estúpido porque si le roban la maleta le abren el candado, pero le hace sentir seguro, como las pegatinas de las empresas de alarmas o pensar en positivo. Veo cantidad de sombreros, y de cámaras y de escotes y de barbas. Un día voy a traerme una cámara para fotografiar escotes o viejos con caras surcadas de rayas o jóvenes con tatuajes o gente con sus sombreros y sus barbas. En realidad nunca he sabido hacer fotos ni me interesa como para ponerme a aprender.


Un hombre recién desahuciado (licencia poética, es posible que lleve años en la calle) busca una pausa y rebusca en la basura. Y luego en la siguiente. Cerca de él, bolsas y bolsas, y brazos cansados de llevar bolsas y bolsas. Tanto tiramos que no encuentra nada. Esto también está lleno de niños tan rápidos como palomas, pero vacunados. No paran de correr de un lado a otro, andan siempre casi cayéndose, casi en la herida y la Mercromina. Adoraba exagerarme los raspones llenándolos de Mercromina. Rojo de batalla. Seguro que un día dejan de correr y se hacen viejos. Incluso antes de que eso llegue desearán ser mayores. Todos a veces deseamos ser lo que no somos, menos los veinteañeros, que somos exactamente lo que deseamos. Yo odio hacerme viejo, me parece bochornoso, ¿pero qué podría hacer sino? Uno se da cuenta de estas cosas cuando se sienta en una plaza, así que me voy a ir ya, que además se me está durmiendo el culo.

Y cruzo sin mirar y casi me pilla un autobús de turistas de esos trasatlánticos. Desde el piso de arriba se asoman muchos de ellos para mirarme, algunos hasta se quitan las gafas. Casi son partícipes de mi muerte,  casi cortan el pino de la caja, pero mañana se les olvida seguro, porque son humanos. El autobús me pita, vaya si me pita, y yo miro al conductor gesticular. <<¿Qué quieres que te diga, macho? No he mirado. Lo siento, no he mirado.>> Y gesticula aún un poco más. <<Joder, no he mirado. ¿Qué quieres que te diga, macho? No he mirado. No he mirado.>>


Por fin termino de cruzar. Llego a salvo a la otra acera, seguro de que estoy algo más seguro. Y en un rato se me olvida seguro, porque soy humano. Y las cosas siguen su propio curso, con las plazas y los niños y todo lo demás. Gente anónima envejeciendo de forma anónima. Renovándose constantemente para ocupar los mismos lugares. Yo odio hacerme viejo, me parece bochornoso, pero tampoco quiero acabar bajo las ruedas de un jodido Touribús. No sé, es complicado.

Vuelvo a casa. Todo como lo dejé. El calendario parado, jodiendo. Pocos días.Pero la vida sigue, tal como siguen las cosas que no tienen mucho sentido. ¿No cantaba eso Sabina? Pues lo que yo os diga, bochornoso. 

martes, 20 de noviembre de 2012

Teresa

Los días en que íbamos al parque solíamos volver agotados a casa. Hacíamos merienda cena, algo rápido, y nos tendíamos en el sofá beige del salón. Dejábamos las luces apagadas como costumbre, o porque tú lo querías así, y abríamos de par en par las cortinas que dan al porche. El día que me viene a la mente no había hecho bueno, era una tarde gris del norte. La luz que entraba desde el jardín era difusa y tenue, suficiente para ver las motas de polvo a trasluz que tanto te inquietaban, y poco más. Normalmente te recostabas sobre mí pecho  con los pies apoyados en el respaldo del sofá.  Aquella era una postura incomodísima pero la que más te gustaba. Todo el tiempo tenía que cruzar mi brazo derecho desde tu cintura a tu hombro izquierdo para afianzar tu equilibrio con el mío.
Parloteabas sin cesar. Parecía que llevaras toda el día sin hablar y escogieses ese preciso momento, cuando tenía las baterías a cero, para contármelo todo. Pienso que tenías miedo de cerrar los ojos y que se te fueran a olvidar las palabras. Necesitabas sacarlas antes para no perderlas. En eso nos parecemos mucho. Aquella tarde yo estaba especialmente ausente y tú especialmente cotorra.

Indignada ante mis reiteradas faltas de atención, giraste sobre ti misma aparatosamente e incorporada con las manos en mi pecho y vestida con unos morros de enfado monumental dijiste <<quieres que te lo explique o no, porque si no me vas a escuchar no te lo cuento>>. Contesté que claro que pensaba escucharte, que adelante. Convencida a medias, te recostaste de nuevo y tu boca quedó a la altura del final de mi cuello. En una vocecita deliberadamente más baja de lo normal para dificultar que la escuchara, comenzaste a contarme una historia. Estaba cansado y me costaba concentrarme. El mero soplidito de aire que acompañaba tu discurso y me cosquilleaba la piel, era suficiente para distraerme de cuanto decías. Terminaste y volviste rápidamente a la postura anterior, al mismo gesto enfadado. No me has escuchado, por supuesto que sí, mentí, a ver, qué te he contado, cómo me voy a acordar de todo lo que me has contado, ha sido larguísimo, no puedo acordarme de todo.
Te divertía el hecho de enfadarte conmigo. Siempre tratabas de incorporarte completamente para irte del sofá sólo para que te atrajera hacia mí, agarrándote por los brazos. Cuando estábamos en el cénit de nuestros forcejeos me gustaba deslizar la mano por un lado y apretarte una nalga. << ¡Au! >> Ahora sí que te enfadabas. Gritabas que no te apretara el culo, que qué era eso de apretarte el culo, y encima fuerte. Siempre estás igual te contestaba. Si el mundo es de todos y yo soy parte de ese todo, me corresponde un trozo. Quién te dice que esa nalga no pueda ser mía y tú ni saberlo. <<Pero y cómo se puede saberse eso>>, preguntabas. Estabas deliciosa con esa cara de resignación, tan intrigada con la posibilidad de que aquello fuera cierto. << Aah! >>
[…]

sábado, 27 de octubre de 2012

ama de llaves

Ella es la persona capaz de hacerme sentir 
desolado.
Tiene un potencial destructivo en mí 
casi total.

Los enemigos son mentira. Las jodiendas
las cocinas tú, en casa, en la inducción.
Yo le di llave, yo materialicé esa indefensión.

¿Qué hombre razonable entregaría algo así?
¿Qué hombre sensato se aseguraría tal cercanía al dolor?

martes, 23 de octubre de 2012

skinny truth (perro edulcurado)

-Así que vino y me contó algo muy confuso. Soy incapaz de recordarlo con claridad precisamente por eso, pero desde luego era confuso. No tanto por las frases como por el desorden con que se sucedían. El tema está en que, en alguna esquina de aquella historia borgiana, abrió la caja de los truenos. “Las cosas no son como al principio”. Como lo oyes. Eso dijo. Y claro, tú me conoces bien, toda la nieve que pude acumular en el paladar se la escupí en un alud,  todo sea dicho a un volumen de lo más razonable. “Por si no te habías dado cuenta, amor, esto no es el puto Diario de Noah, así que déjate de películas y dime claro qué ocurre porque hoy no parece que vaya a haber paseo en globo y beso. ”

-Cuando te pones rollo depredador dulce acojonas un huevo. No esperaba menos de ti. Bienvenida a la nieve muñeca.

-Espera, espera, porque el segundo acto, después de varios balbuceos e intentonas, fue un esfuerzo encomiable por edulcorar la verdad con frases vacías (o vaciadas de tanto usarlas, qué se yo) y clichés de todo a cien. Yo insistí en ahorrarle tal dispendio de saliva, en invitarla a salir de allí, lo prometo, pero ella se resistía y continuaba, sin cesar y a un ritmo totalmente descontrolado, saboteando una tras otra las alegrías que habíamos construido. Me quería edulcorar la verdad, a mí, ¿lo puedes creer? Cuando todo aquel que conoce lo mínimo de la vida sabe que la verdad es una puta y hasta donde yo sé, las putas las tienes de 15 y de 1.500, pero con sacarina y estrechitas no existen. No sé por qué te estaba contando todo esto…

- Porque trató de edulcorarte la realidad en lugar de hablar llanamente y explicarte lo que había.

-Ah. Sí, sí. Eso pretendía. Qué rabia. Me recordó a cuando era pequeño y se murió miperro. Adoraba a ese maldito perro. No tendría más de 9 años.

-¿Tú?

-Yo, ¿qué? No. El perro, joder. Yo tendría nueve o diez. Se puso muy enfermo, uno de esos mosquitos hijos de puta y no hubo otro remedio que sacrificarlo. Cuando ya estaba muerto, a mi madre (que en un esfuerzo por ahorrarme una despedida, un berrinche o un intento de fuga a lomos de mi perro enfermo, no me lo contó hasta que estuvo hecho) se le ocurrió comprarme un helado justo antes de darme la noticia. Como si una subida de azúcar fuera a frenar la caída a la tristeza. Intentó explicármelo lo mejor posible. Íbamos de vuelta en el coche de la heladería a casa y yo; que desde pequeño he sido de lo más cuco, o retorcido, o imaginativo, o la suma de todo ello sublimada en la expresión con que mi abuelo me bautizara, a los seis años de edad, tan acertadamente: tú eres la mar de chulo y un poquito cabrón; empezaba a darle vueltas al asunto, porque para mí que eso tan espontáneo y sin antecedente de “vamos a comprar un helado” tenía alguna doblez. Mi madre, la pobre mensajera, me contó en un tono franco y adulto, incluso un tanto afectado, cómo, ante una enfermedad cogida demasiado tarde, sacrificar a nuestro perro era la única opción digna para él.  Y yo entretanto, lo recuerdo como si lo tuviera en mi mano derecha aún, no dejaba de mirar aquel helado, pensando en quién tendría el valor de comérselo así sin más, en por qué un perro se moría por un mosquito cuando a mi me picaban cada noche en el porche y él, perro que era, se me antojaba por lo menos mil veces más resistente, pero sobre todo pensaba en el helado y en que comérselo sería de cobardes y de chicas, que él no hubiera querido que lo hiciera, que quién se habría creído mi madre que era yo. Pero, con todo, ¿sabes qué fue lo que más me dolió?

-¿Que tu madre intentara aliviar la noticia dándote la alegría del helado? Estoy seguro de que fue con la mejor intención…

- ¿Qué dices? No. Bueno, eso también. Lo que más me dolió fue que yo sabía que estaba enfermo. Me pasé varios meses diciendo que estaba más delgado, que se le notaba cansado y sin fuerzas. Siempre había tenido una gran energía, era tremendamente vigoroso, pero en ese tiempo estaba en los huesos, jodidamente raquítico y errático, como desorientado. Lo notaba cuando lo abrazaba y lo acariciaba. Estaba convencido de que algo le ocurría, sabía que estaba enfermo, lo sabía y lo dije.

- Pobrecillo. Menuda putada. Y, ¿ella?
-¿Qué ella? Era un macho. ¿Mi madre dices?
- La chica joder

-¡Ah! ¿Ella? Ella sigue viva.- y tras varios segundos.- Aunque mentía como un mosquito hijo de puta.

domingo, 7 de octubre de 2012

a la vileza de la infravida


La muerte 
                  (ajena)
suma albercas de soledad
a la vida
               (propia),
menos por la falta
que por la naturalidad
con que ésta
llega.

Se sigue uno
de ojos abiertos y
solo, se sigue,
como se va, como se
llega.

Mas con tristeza tonta,
de improviso, 
emetiza la vileza
de una infravida,
y se grita en la purga:
joder, ¡vive!



Nota mental: Se antoja infranqueable al ser no infravivir pero, maldita sea, vamos a pelearlo al menos. No permitamos que la desgracia, ajena o propia, se convierta en el único motor que nos despierte de la anestesia tan puta y tan ingrata en que nos vemos, casi siempre, inconsciente e irresponsablemente amodorrados. Porque, eso, es ser unos desgraciados.


Emetizar: provocar el vómito


jueves, 27 de septiembre de 2012

la sonrisa en ruinas


-Siéntate por favor.- le pidió balanceando la cabeza en dirección al banco vacío mientras hacía malabares para desabrocharse el cierre del tacón izquierdo.
-¿Necesitas ayuda?
-No que va. Puedo sola. Tú siéntate.
-¿Estás segura?
-Que sí joder. No seas pesado.
-Vale, vale. Pues tú dirás.

-Verás, ¿te he contado alguna vez en qué trabaja mi padre?
-Me dijiste que era fotógrafo. Se dedica a sacar las fotos para los anuarios de los colegios, bodas, bautizos…Todo eso, ¿no?
-Eso es. Un trabajo bastante aburrido. Cuando yo era pequeña me encantaba entrar en su laboratorio casero y observar el proceso de revelado. Imagino que cuando lo realizas cientos de veces pierde el encanto pero para una niña de medio metro era algo maravilloso ver colgadas todas esas fotos en pinzas en un cuarto prácticamente a oscuras, los tanques con sustancias químicas, los 4 pilares: revelado, paro, fijado y lavado, el secado posterior, todo…Era un proceso con cierto mística. Todas esas vidas, paradas en lo anecdótico y circunstancial del momento, dadas a luz, sacadas de la oscuridad del negativo por el metódico movimiento y la certera automatización del laboratorio. Algo así como un parto constante de recuerdos gestados por otras barrigas.
-Joder. Nunca habría imaginado que revelar fotos pudiera convertirse en un ritual, ni siquiera me había planteado cómo se hacía. ¿Por eso te encanta la fotografía? Sabes que es un tema que no me interesa demasiado.

-Sí bueno, ese no es el tema. No quiero perder el tiempo, además estoy un poco mareada y apesto a humo. Me huele el pelo a tubo de escape. Así que sólo te haré una pregunta. Para que estés avisado, es una pregunta de abogado, o de mujer. Todo abogado tiene mucho de mujer, ¿no crees?
-¿Cómo?
-Déjalo- dijo, frotándose las sienes con firmeza.-¿Cuántos corazones tienes y entre cuantas los andas repartiendo, amor?

jueves, 13 de septiembre de 2012

hasta mañana


Se abarata el sueño.
En silencio,
tejidos con fibras rendidas,
los párpados, en u
abatidos.

Descalzo,
estorbado por la luz
y ronco.
Nunca duele a cuenta de otro.

Entretanto,
se reúne el G8,
y con regurgitado acrítico,
me cuida el mundo
hasta mañana.